El árbol Canasto

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Esta es la triste historia de un enorme árbol que sucumbió, fue consumido por un ingrato parásito que asesinó a su hospedero apenas dejó de necesitarlo. Ayer Domingo, visité el Cedral, sitio conocido por casi todos los pereiranos para ver por mis propios ojos un árbol tejido como un canasto vacío que crece hacia el docel del bosque. Tristemente, la forma del extraño árbol, se crea cuando, después de varios años de crecer parasitariamente desde las alturas de un árbol ordinario, justo después de encontrarse con la tierra, rodea y extrangula a tal punto su hospedero que éste finalmente muere, dejando sólo un alma hueca dentro de las raíces crecidas y robustas de su victimario, el árbol canasto. Acá queda una breve crónica sobre este microviaje a las montañas del paisaje cafetero, falda de los andes colombianos.

Árbol Canasto en el Cedral

 

El Cedral y la Pastora

El Cedral hace parte del santuario de fauna y flora Ucumarí, es la entrada al parque nacional natural de los nevados, uno que comprende los nevados de Santa Isabel, nevado del Ruiz, el nevado del Tolima, los páramos y paramillos que rodean estos tres diamantes de agua. El parque queda en el área centro-occidente de Colombia y se puede ver desde cualquiera de las tres ciudades que componen el antiguo triángulo de oro del café: Pereira, Manizales y Armenia, ciudades rodeadas de montañas verdes que se erigieron alrededor de las montañas sagradas que hoy son consideradas parque natural y que se conocen en Colombia como el eje cafetero. Para los pereiranos la zona del Cedral es un personaje más de la ciudad, todos hemos alguna vez programado un paseo a la Pastora aunque no todos lo concretan dada la lejanía e incomodidad para llegar al sitio: se debe abordar un bus escalera o «chiva» para subir varias horas por una estrecha y pedregosa carretera al borde del río Otún. La Pastora es el primer refugio que se encuentra antes de iniciar el camino hacia el parque de los nevados, la laguna del Otún y muchas otras pequeñas lagunas, encantos de la alta montaña y suele ser lugar de encuentro o retiro espiritual para muchas personas por su naturaleza casi virgen, extensa y majestuosa.

Al Cedral llega una carretera más bien precaria, por la que, desde que yo me acuerdo, circulan chivas -o buses escalera como los llaman en otros lugares- y nunca ha sido más que un punto de partida para la subida a la Pastora, que es el sitio que todo el mundo conoce y al que no se accede más que por caminos de herradura. Al Cedral se llega a estirar las piernas, después del tortuoso viaje de casi 3 horas desde el centro de Pereira. Se llega en una chiva que viaja muy lentamente, dando tumbos entre los bosques de niebla, pequeñas cabañas separadas por kilómetros de distancia entre sí, acantilados que se estiran a buscar fuentes de agua desprendedidas alegres por un espinazo de roca lleno de musgos y enredaderas, acantilados que bajan a encontrarse con el río Otún en un coqueteo eterno que cambia apenas cuando cambia la tierra misma y arroyos traicioneros que ocultan su potencial catastrófico undiendose en el río Otún, que por allá muestra un caudal aún respetable y limpio entre bosques y rocas milenarias.

La mañana del Domingo

Ayer Domingo, el Cedral para nosotros no fue un punto de paso sino un punto de encuentro y el final mismo de nuestra expedición. Me desperté muy temprano para organizar mis cosas: la bicicleta, la ropa de repuesto -allá siempre llueve-, el impermeable y la sagrada botellita de agua. Antes del Domingo, yo pensaba ir en Chiva, pero como relato anteriormente, el viaje en chiva me parece un poco aburridor, por otro lado subiendo en la bicicleta, no sólo conocería el árbol canasto sino que pasearía en la bicicleta… además si me aburría me devolvía cuando quisiera, normalmente hay que esperar la chiva que sube sólo cuatro veces al día y esa bajadita en bici es bastante emocionante -casi todo es bajada, las rocas le dan un ingrediente ligeramente extremo-. Arranqué pedaleando pasadas las 8 de la mañana y llegué a la Florida antesitos de las 9hrs. La Florida es el pueblo más grande que hay en el camino y hasta el cual llega una buena carretera, después de pasar por varios caseríos, hasta algunos barrios cercanos al casco urbano. Éste es un destino muy popular para amantes del deporte, muchos ciclistas hacen recorridos que pasan o terminan en la Florida y allí casi todas las tiendas tienen su parqueadero de bicicletas para atender a ese público tan especializado toda la semana en las madrugadas y todo el día los fines de semana. A las 8:44 de la mañana estaba parqueando la bici en mi tiendita preferida, la última del pueblo y de la cual desconozco su nombre. Allí desayuné con el especial de la vereda: torta de trucha, una deliciosa tortica de harina frita con trucha, arepa y una Pony Malta. Como el camino que quedaba por delante era el más largo y además al llegar al Cedral la idea era hacer una caminata de aproximadamente 30 minutos, compré otras dos torticas para el almuerzo. Después de unos 10 minutos tomé mi bicicleta y caminé con ella un rato para estirar un poco los músculos.

De ahí en adelante el camino se pone un poco duro, las piedras te restan energía, los baches y pantanos abundan. La primera «estación» que uno se encuentra es la Suiza, un caserío que queda antes de unas instalaciones de investigación que son las que la gente asocia con ese nombre, allá suelen ir jóvenes de las escuelas y colegios, se hacen recorridos guiados por el bosque para conocer los monos ahuyadores, la vegetación y fauna natural del santuario, además hay instalaciones de hospedaje para realizar encuentros y eventos de más de un día o sólo para pasar la noche. La Suiza es muy conocida porque muy cerca existe una bella cascada que se conoce después de caminar unos minutos por el bosque. A partir de allí, la zona se denomina «Santuario de Fauna y Flora Ucumarí» y es una reserva natural. Mi intención original era hacer una pausita justo allí, pero la señora que vende los yogourts naturales y los pastelitos ya no estaba, de hecho, tampoco estaba el pino gigantesco bajo el que la señora armaba su tendido. Había en cambio, los restos frescos de los pinos que cuidaban esa esquina y al parecer con esa misma madera, había una especie de refugio para la lluvia parecido a los paraderos de buses. No sé si eso era para la señora, pero ella no estaba allí, el sitio ya no se sentía acogedor como cuando la sombra de los pinos se tendía sobre las piedras y la señora ofrecía sus productos. No paré entonces.

De ahí en adelante el camino parece más llevadero, la pendiente es más constante, la carretera es más recta, las piedras son regulares, aunque algunas veces muy difíciles. Poco más allá de la Suiza, de pronto ví moverse pesadamente algo grande entre los árboles, era una pava de monte. Paré para tomarle una foto e inmediatamente saltó otra detrás de la primera y para cuando saqué la cámara se movió otra al otro lado de la carretara. Sólo tomé dos fotos en las que sale sólo una que apenas se nota. Continué porque el agotamiento y la dificultad del camino exigen un ritmo muy constante.

Esperando a los compañeros

Finalmente llegué al Cedral, aproximadamente a las 10:20 hrs. Bastante agotado pero felíz: ese viaje no lo hace todo el mundo, se necesita buen estado físico para lograrlo. Ahora tenía que esperar a mis compañeros de aventura, me apresuré a preguntar a qué hora llegaría la chiva. Había dos vecinos que parecían habitar la cabaña y una pareja que se abrazaba en el quiosco de visitantes dandose el calor que el clima frío les quitaba. Según los señores, la chiva llegaría aproximadamente a las 11 de la mañana y yo, agotado y enfriándome rápidamente, ví difícil la posibilidad de quedarme tanto rato por ahí caminando. Me inquieté un poco, inmediatamente pensé que no me iba a quedar tanto tiempo. Compré una aguapanela caliente con queso, luego me tomé algunas fotos, entre otras, para que hubiera testimonio gráfico de que lo había hecho, bajé de nuevo a la cabaña, jugué un rato con el gato. Una ligera lluvia empezó a mojar las piedras y tomé la desición de devolverme, parecía que hasta acá llegaba mi paseo. La carretera se pone muy fastidiosa cuando llueve y yo quería bajar antes que la lluvia fuera más seria. A unos metros del Cedral, ví llegar, a lo lejos, la chiva. Paré, pensé que si me devolvía me perdería el verdadero objetivo del viaje y qué flojera además devolverme por una lloviznita, así que regresé.

En la chiva sólo llegaron dos de los 5 o 6 compañeros que esperaba, pero afortunadamente eran precisamente los que yo conocía: Rosa y Juan David, así que mejor. Una de las cosas que me gustó, fue conocer lo que hay más allá del lago. Cuando uno sube a la Pastora pasa al lado de una bonita instalación cercada perteneciente a la empresa de aguas de Pereira de la que sólo se ve un lago, algunos arroyos artificiales que mueven unos molinos y una instalación detrás del lago. Pues ayer por fin supe qué tan bonito era todo y no sólo eso, sino qué hay más allá. Yo no esperaba otra cosa que bosque más allá de las instalaciones visibles, pero para mi sorpresa, subiendo un poco la loma hay dos instalaciones más, cruzadas por un camino de piedras y un césped corto entre árboles espaciados. Me sorprendió mucho ver todo ésto y me pareció muy acogedor.

Conociendo al verdugo

Llegar al árbol canasto no es nada fácil, de hecho, no creo que haya mucha gente capaz de orientarse sin camino dentro de éste denso bosque. Al principio seguimos un canal artificial con el que los investigadores guían un arroyo hacia el lago, luego empezamos a seguir el arroyo mismo y finalmente, cuando no había más camino, nos adentramos en la manigua. Pocos minutos después nos burlábamos de Rosita diciendo que estábamos perdidos, la verdad es que no era nada descabellado y ella misma empezó a decir que «el bosque había cambiado mucho». Yo empezaba a perder las esperanzas y estaba atento a ver algún espacio abierto donde creciera un árbol en forma de canasto o algún lugar especial del arroyo en el que se pudiera reconocer algún punto notable, pero Rosa seguía metiéndose cada vez más al bosque por debajo de las ramas y por encima de cuanto tronco caído encontraba. Cuando ya estaba seguro que Rosa había embolatado el camino, nos dijo, «les presento el árbol canasto» y nos señaló una madeja de maleza entre los árboles. Yo lo miré incrédulo hasta que noté que la madeja de bejúcos se tejía bastante firme y se levantaba unos diez metros hasta perderse en el docel del bosque. Pues estaba como curioso el árbol, luego ví a Juan David dentro del tejido y a Rosa sacando la cabeza desde adentro del canasto unos cinco metros arriba del suelo, entonces ya no era sólo curioso sino fascinante. Rosa nos contó que el árbol toma esta forma después de invadir a un árbol ordinario, pero luego de crecer por todo su cuerpo y llegar al suelo, crece y termina por extrangular al árbol original matándolo lentamente. Éste último, sucumbe al abrazo mortal su terrible parásito, se pudre dentro de las raíces, dejando en el interior un hueco de aproximadamente un metro en la base y unos 70cm hasta donde es posible llegar trepando. Pues sí, trepamos por dentro, lo cual es muy entretenido, un poco difícil al principio pero al final yo estaba feliz. Llegamos a unos 10 metros y pudimos ver el bosque como yo nunca lo había visto: en medio del docel y debajo de nosotros un cilindro hueco tejido por hebras vivas que había extrangulado una existencia para poder sostener la suya, dibujando con sus raíces un par de gruesas ramas por las cuales había conquistado a su víctima. Lo que no tuvimos en cuenta, porque hasta ese momento no nos habían atacado, fue el factor mosquitos. Mientras trepábamos por las entrañas de éste curioso parásito, tal vez la emoción y el entretenimiento no nos dejó ver cómo nos picaban, pero al llegar al docel y quedarnos quietos un instante la experiencia nos resultó verdaderamente insoportable. No eran visibles, sólo picaban en todas partes, no importaba que los espantáramos ya estaban picando a un centímetro de donde habíamos pegado la palmada, picaba la cabeza, la cara, las piernas y casi hasta el calzoncillo. No he contado hasta acá que yo estaba en pantaloneta (shorts) y Juan David también tenía unos pantalones cortos. Pues tomamos algunas fotos y bajamos como alma que llevan los zancudos. Tomamos algunas fotos desde abajo y trepando por fuera, infortunadamente, la mayoría de las fotografías salieron muy movidas como para ser valiosas y algunas, tomadas con flash, quedaban como si hubiera mucha neblina, pero eso no era visible sino cuando tomábamos la foto.

La caminata desde el Cedral no tomó más de 30 minutos, queda realmente cerca pero hay que pedir permiso para entrar en esos predios. Bajando por el mismo camino nos detuvimos a tomar una foto a un hongo precioso que crecía sobre la alfombra de hojas muertas y de repente notamos, a unos pocos metros un pájaro hermoso quietesito entre los árboles. Rápidamente empezamos a tomarle fotos y el siguió quieto, muy sereno mientras Rosa nos contaba que se trataba de una hembra de Soledad de Montaña, una especie muy difícil de observar que canta como silvando en tres tiempos. Ésta era una hembra, el macho debía estar muy cerca y era mucho más lindo, ya no de color castaño y rojo como la hembra sino verde brilloso, aunque no lo pudimos ver nos emocionó mucho.

Finalmente, llegamos otra vez a las instalaciones de investigación y almorzamos allí. Después retornamos a nuestras casas.

El retorno

Yo tenía ganas de volver en la chiva porque había llovido varias veces, fuertemente mientras subíamos al bosque, aunque ya no llovía cuando llegamos al Cedral, el camino debía estar muy mojado y bajar en esas condiciones es terrible: la llanta delantera salpica agua sucia a la cara y la tierra se mete en los ojos. Sobra decir que no llevaba gafas para protegerme de éstas condiciones y aunque las llevara no creo que sirvieran de mucho con tanta tierra. Pues Rosa no tuvo ningún problema, no lo pensó un minuto, tomó la bicicleta y bajó rauda por la carretera empantanada. Quedamos de encontrarnos más abajo para entregarme la bicicleta y unas albondiguitas de trucha que mi mamá me pidió y que ella amablemente me compraría al pasar por la Florida.

Conclusiones





Ese fue el final de este micro viaje, donde conocimos algo fascinante en un lugar que pasa desapercibido, que nunca es más que un paso natural hacia otros destinos. Cabe al final preguntarse si ¿el árbol parásito puede vivir por su propia cuenta? -al fin y al cabo es un parásito-, y ¿cuánto tiempo le tomó a éste parásito consumir a su víctima? que seguramente se tardó su tiempo en crecer hasta esa envergadura y ¿cuántas cosas fascinantes se esconden en los puntos de paso, es más, en cualquier lugar en que nos encontremos?, pues sólo basta con estar atentos y observar la naturaleza.

Árbol Canasto en el Cedral

6 comentarios en “El árbol Canasto”

  1. …jejejeje….

    …..ole!!!…gracias por el paseo…..de verdad que lo disfruté muchísimo…..y es de los árboles más brutales que conozco……..y pues, que chévere que también le haya gustado…….

    …ademas su crónica del paseo…..está muy bacana….»ahora si lo quiero conocer»…jejeje….con esa manera de expresarse de ese espacio……mejor dicho….jejeje….dónde es pa’ ir pues!!!!

    …bueno, chau….y se cuida resto……..y de nuevo mil gracias….a usted y a Juan por copiarme ……..esos paseos tan tostados……..

    le mando un gran abracito..

  2. Oiga que interesante, precisamente en estos días estaba pensando en ir por esos lados, ahora quiero ir a conocer el árbol canasto. Es complicado pedir el permiso para ir hasta allá?.
    Un saludo.

  3. Gracias por el comentario.

    Pues hermano, no se lo pierda, porque es muy interesante conocerlo. Pero vaya con alguien que sepa encontrar la vaina porque no queda cerca del arroyo.

    … y lleve repelente como un h…ta! sobre todo si se trepa en el árbol.

  4. :D:D:D

    Se le advirtió que tenía que ir con alguien que supiera, imagínese que después hablando con Rosa nos contó el secreto: justo antes de llegar, ella vió un árbol con una muesca que es el que le marcaba el camino.

    Pues a mí no me veló, la cara de mendigo que debería llevar ¿no?, pero es muy bonito el garozo.

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